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martes, 22 de octubre de 2013

American Dream



Le pido las llaves del auto a Claudia y me responde que no. Y yo le digo: vamos a ver, me acaba de llamar su hijo llorando porque está encerrado en un cuarto de baño, son las cuatro de la mañana y tengo que ir a buscarlo a la Conchinchina: me dejas las llaves o me dejas las llaves. No hay más opciones. Es viernes por la noche y usted está medio borracha. Y ella deja la copa de ron sobre la mesa y acaricia con los dedos el posavasos. Me mira por encima de sus gafas mientras se recoloca la cinta  del camisón y me dice: qué le pasó a mi hijo ¿Otra vez?. Se levanta del sofá hablando sola y desaparece por el pasillo. Luego vuelve agarrando el bolso. Que lo traiga de vuelta. Que me da dinero para que tome un taxi y que lo saque de donde está. Deprisa. Y yo de piedra. ¿Es que no te entra en  la cabeza, sucia bruja?. ¿Tan encerrada estas en ti misma? No te lo quiero decir, pero tengo que recoger a su hijo de un puti-club en las afueras, porque le ha dado un ataque y está encerrado en el cuarto de baño con una llorera y me dices que me coja un taxi y encima me das solo diez euros?. ¿No sabes que son las cuatro de la mañana y que hay que pagar la nocturnidad? Me tendrías que dar treinta por lo menos y a lo mejor con eso ni me llega. Pero no, nunca me escucha cuando hablo y mucho menos me va a dejar las llaves de su BMW, aunque sea para salvarle la vida a su hijo y sacarle del burdel al que casualmente le habrá llevado su queridísimo amigo Gonzalo, el mismo que tanta coba le da a usted cada vez que la ve.

Si quieres vivir en una ciudad grande tienes que conseguirte un coche, me dice. Yo no puedo estar dejándote el mío todo el tiempo. Vives en mi casa, no trabajas… No sé. A mí no me parece que seas una mujer madura. Y lo suelta como si nada, porque mi tía y mi madre le dijeron que yo era bien responsable y que no iba a tener problemas conmigo. Y en ese momento me entra tanta rabia que me gustaría coger las maletas y volverme a Urugay y tumbarme en el sofá de mi casa y darle un abrazo fuerte a mi hermanita. Pero luego pienso en Francisco temblando, encerrado en el cuarto de baño y con todo el mundo allí, incapaz de entender lo que le pasa. Y le digo a su madre: mire, Claudia, escúchame, voy a traer a tu hijo a casa, así que me vas a dejar las llaves de tu auto lo quieras o no. ¿Lo entiendes?. Y ella se niega, se niega y se niega y por un momento su impasibilidad se derrumba, porque no entiende por qué le pido el auto tan insistentemente y ella no quiere parecer mala. Su expresión se pone triste y a mí me llega a dar hasta pena de ver lo perdida que está. Y ya teclea el número del taxi cuando pienso en cómo le irá con el cuento a mi tía como ya ha hecho otras veces. Es que siempre me pide el coche, es que siempre me pide el coche. Suerte que mi tía nos conoce a ella a mí y sabe perfectamente como es Claudia.

De pequeña escuchaba hablar de la eterna amiga de mi mamá y de mi tía. Pero no me avisaron cuando les dije que me venía a España con Francisco. Me decían, riéndose, no sabes lo mandona que es. Pero es que estoy segura de que ni se imaginan en lo que se ha convertido. Yo la vi por primera vez en la boda de Ricarda. Incluso la quise un poco por el amor que la tienen mi mamá y mi tía. Estaba alegre y fumaba y recuerdo que solo pensé que bebía demasiado, pero luego ni me dio tiempo de hablar con ella. Mi tía me cogió del brazo y me dijo: quiero que conozcas a alguien. Y me lo puso delante, con un extraño smoking y el pelo engominado para atrás. Con la piel tan blanca, agarrado a un vaso y con sus pies buscando un hueco entre la arena, porque la  boda la celebramos en una playa de Uruguay. Todos muy arreglados y las mujeres subiéndose las faldas de los vestidos. El dice que en el momento en el que me vio se le iluminaron los ojos. Eso es  lo que dice y yo solo puedo creerle porque cuando yo le vi, no se parecía en nada a lo que yo me había imaginado, pero en seguida supe que quería estar con él. Y es raro, porque si me lo hubieran descrito hubiera dicho: tita, no te tomes la molestia de presentármelo. Pero como desde chica me habían hablado del hijo de la amiga Claudia, que nadie sabía lo que le pasaba. Pero yo sí que lo sé ahora que he vivido con su madre y con su padre. El caso es que él dice que la tía nos presentó porque nos conoce a los dos y sabía que estamos hechos el uno para el otro. Aunque la tía solamente ha estado en España unos meses, hace ya como quince años y no sé. No lo sé.  Ya llegó diciendo que algo pasaba en la casa, aunque no explicaba nada. Que Quique le daba mucha pena porque veía que se estaba criando solo y sin amigos, pero no decía nada de la bruja de Claudia. Para mamá y la tía, Claudia sigue siendo la jovencita de veinte años, responsable y exigente, que se casó con un hombre de negocios y se convirtió en un recuerdo. Un recuerdo con el que todavía hablan por teléfono, pero no se abrazan.

Es que ellas solo ven las fotos felices. Cuando su marido está en casa y hacen como un teatro. Así mi madre y la tía conocen solo una casa perfecta y una cena de Navidad de postal. Pero no la ven como la veo yo, borracha y coqueteando con el amigo de Francisco. Tocándole el hombro y seduciéndolo con la mirada… Pero no se da cuenta de que es ridículo que una señora tan mayor quiera seducir a un niñato. Es de vergüenza. Tocándole el hombro y diciéndole que le interesa mucho su opinión sobre no se qué y o no sé cuanto. Si es un niñato y un putero. No sabe nada de nada. Y si tiene un buen trabajo es por su padre. Y lo que irá contando por ahí. Es que me pongo a hablar de ella y enfermo. Si supieran de verdad, venían y se la llevaban de nuevo al bungaló de  la playa donde iban de vacaciones y le curaban la amargura entre mi madre y la tía. Es que ni se imaginan. Y de su marido mejor no hablo. Cuando se va, todos respiramos tranquilos en casa. Ella se pone a fumar en el salón y se sirve una copa. Y Quique y yo podemos sentarnos en el sofá abrazados y hacer manitas mientras su madre se queja y se queja de las porquerías que ponen en la tele. Porque cuando él está en casa, es él quien se sienta en el sofá y nosotros tenemos que poner recta la espalda y Claudia le sirve una cerveza y un tentempié un rato antes de comer y luego le hace un café.

Pero tendrías que haber visto la cara del taxista cuando le digo el nombre del puticlub. Me pregunta que adonde quiero ir. Miro el reloj y veo que son las cuatro y media de la mañana y le digo: ¿sabes dónde está el American Dream?, creo que es un local de alterne. Se queda un poco cortado y me pregunta si eso está en la Zona Este, en el polígono de San Rafael. Y le digo: exacto. Sabía perfectamente donde estaba aquel lugar. A lo mejor hasta había sido él mismo quien acercó a Quique y a Gonzalo.

En serio, iba medio dormida y veía pasar luces de colores por la ventanilla y muros de ladrillo. Aunque el taxi iba deprisa, me daba la impresión de que no andaba. Escondí la cara en la bufanda y si fuera por mí, habría seguido infinitas horas sentada en la parte de atrás del coche, escuchando los ruidos de la emisora de los taxistas y agarrada al cinturón de seguridad. De vez en cuando buscaba el taxímetro para ver como aumentaba el precio del viaje. Le pregunté: ¿queda mucho para llegar?. El taxista me miró desde el espejo retrovisor y me dijo: unos diez minutos, es que estamos cogiendo todos los semáforos. Y desde ese momento, cada vez que un semáforo se ponía en rojo golpeaba el volante y maldecía y yo pensaba: si tanto te molesta que no llegue pronto a un puticlub, me podrías hacer el favor de apagar el taxímetro. Al rato se atrevió a preguntarme. Buscó mis ojos por el retrovisor y tartamudeando me dice: señorita, si no es  mucha indiscreción, por qué quiere usted ir a ese local a estas horas. Le digo: no me pregunte, no me pregunte. Y después de un tiempo le contesto: pues si lo quieres saber, voy a recoger a mi marido que se ha quedado encerrado en el cuarto de baño. Yo me reía y el tragaba saliva y al ratito me repite: se ha quedado encerrado. Y yo, sí, claro, ha entrado en el cuarto de baño y no puede salir y tengo que ir a sacarlo. Y el taxista que no entendía nada, obvio que nunca le había pasado nada parecido, no sabía que decir y va y me suelta de pronto, con la voz como muy bajita: si quieres podemos llamar a los bomberos. Y yo, no sé, no me imagino a los bomberos entrando en el puticlub, bueno que a lo mejor ya están dentro algunos, ¿no?. Y el taxista baja la cabeza y mira para otro lado y me pregunta: cómo  dices que se ha quedado encerrado. Y yo: no te preocupes, no es la primera vez que le pasa.

Luego paró el taxi en un solar horrible y me dice: ahí está el American Dream. Y yo lo veía todo negro en la calle y al fondo unos luminosos de neón que se apagaban y se encendían creando el efecto de una chica vestida de cowboy que se quitaba y se ponía un sombrero. Me pregunta el taxista que si voy a estar mucho tiempo. Y yo le digo: no voy a pegarme una fiesta, a ver si lo entiendes. Y me dice, pues por eso. No sé cuánto tiempo voy a estar, pero te aseguro que el mínimo posible y me dio una tarjeta con su número para que lo llamase cuando me regresara. 

Nunca había entrado en un sitio así. Caminé toda la calle hasta el fondo, alejándome de las luces del taxi. Oscurísimo. Y al fondo, el American Dream con su luminoso que se vería desde el otro lado del mundo. Aunque curiosamente no alumbraba. En la puerta, los focos si iluminaban y detrás de un cristal como muy lujoso y elegante, había una señorita muy guapa, muy delgadita y casi desnuda, que me preguntó muy educadamente que qué deseaba. Apoye la mano sobre la puerta y le dije: pues vengo a buscar a mi prometido que creo que lo tenéis encerrado en el cuarto de baño. Puso cara de sorpresa y dijo: espérese un momento. Cerró la puerta y desde la cristalera la vi acercarse a un joven lleno de músculos con el cogote rapado y los pelos de punta y una horrible camisa desabotonada. El hombre abrió la puerta de nuevo y como con chulería me dice: ¿Usted es la mujer de la persona que se ha encerrado en el cuarto de baño?. Como intentando ser educado y sutil, pero se le notaba que ni lo era y ni sabía cuando hay que serlo, ni cómo. Y yo, con una sonrisa le respondo: obvio. Se lo he explicado a tu compañera. He venido a recogerlo y a llevarlo a casa. El chico se quedó callado unos segundos y luego arrancó a hablar: pase por aquí, llévatelo y procura que se quede los fines de semana en casa. Lo soltó como una bromita, como si quisiera decirme algo más pero sin atreverse. Como si nos quisiera echar una bronca  a mí y a Quique pero sin capacidad moral para hacerlo. Qué quieres que lo castigue sin salir de casa, tu madre es la que debería de haberte castigado sin salir a ti o por lo menos no dejarte salir a la calle sin correa. ¿Eso le dijiste?. No, claro que no, eso lo pensé y quizás se lo dije con la expresión de mi rostro. Era muy tarde, tenía sueño y lo único que quería era sacar de ahí a Quique y que nos fuéramos lo antes posible a casa.    

Así que iba detrás del tipo cruzando la sala de baile y de vez en cuando se me acercaba algún tío asqueroso con la barriga y el bigote y una copa en la mano. Y yo haciendo un gesto como diciendo no te vayas a acercar y el asqueroso ahí, bailando sin ninguna gracia, apretando los puños y moviendo la cabeza. Mira, de verdad, no te me acerques. Y en el pasillo había un olor muy fuerte a detergente barato y las luces azules y rojas dejaban paso a una puerta amarillenta  y unas paredes blancas llenas de lamparones y cables sueltos o yo no sé. Y va el tipo y me dice: ahí lo tienes. Y entro y me veo a tres chicas casi en cueros hablándole a una puerta cerrada. ¿Estas bien, bonito? Por qué no sales ya y así podemos estar tranquilas, decían. Y luego miro a una esquina y me veo a Gonzalo como escondiéndose y le grito y tú no agaches la cabeza. Y él: lo siento, vinimos a tomarnos sólo una copa. Y yo: claro, una copa. Y él: es que estaba todo cerrado. Y yo: ya, ya, cerrado. Entonces una de las chicas me dice: ¿tú eres Carolina? Y le digo sí, yo soy la mujer del patoso esté que está encerrado ahí. Y me suelta que ha preguntado todo el tiempo por mí y que lleva todo el rato diciendo que si no venía yo a recogerlo no se iba. Que ya podía sacarlo, que no me enfade con él, que parece buen chico, pero que lo saque pronto porque el jefe se está enfadando y solo porque ella le había dicho que no lo hiciera no han roto la puerta de una patada. Y yo pensando: si al final te voy a tener que dar las gracias.

El musculoso se quedó apoyado sobre la puerta con los brazos cruzados. Le miré y le dije: ¿le importaría dejarnos a solas?. Y el tipo muy callado comenzó a moverse y se quitó de en medio. Luego di tres golpes en la puerta y dije: Quique, soy yo, cómo estas, qué te pasa. ¿Carolina?. Y la chica le dijo: sí, ya ha llegado tu mujer y está muy preocupada, quiere que salgas ya para llevarte a tu casita. Yo le hice un gesto con la mano para que se callara y otro gesto con la cara para que supiera que se lo agradecía, pero que no hacía falta, que incluso podía resultar molesto para él escuchar tantas voces detrás de la puerta.  Casi me lo podía imaginar sentado, con los pies sobre la taza del váter,  abrazándose las rodillas y escondiendo la cara. 

¿Carolina, eres tú?. Quique, sí, soy yo. He venido a recogerte para llevarte a casa. ¿No te acuerdas de que mañana vamos a comer con mis compañeros del máster?. Ya es muy tarde, son casi las cinco y es mejor que nos acostemos. Carolina ¿estás enfadada?. No, Quique. Yo creo que mañana no voy a poder ir a comer con tus amigos, les puedes decir que he tenido que ir a una reunión con mi padre. Claro, pero por qué no sales del baño y ya mañana vemos si te apetece o no. Toqué con la mano el pomo de la puerta y se puso muy nervioso, dio un golpe fuerte y gritó que no. La chica abrió los ojos, la boca y las manos asustada. Quique, Quique, Quique, tranquilo, no voy a entrar si tú no  quieres. No entres. Y yo no lo voy a hacer, pero he venido hasta aquí porque me habían dicho que me has llamado, que si no venía no ibas a salir del cuarto de baño, así que he venido. Estoy temblando. Quique, escúchame. Quita el pestillo, no voy a entrar, pero quita el pestillo ¿vale?. Hazle caso a tu mujer, dijo la chica y yo escuchaba, desde detrás de la puerta, a Quique murmurando cosas con la voz baja. Le pregunté a la chica que si había estado bebiendo mucho. Y me dijo que sí. Que llegaron riéndose él y su amigo y pidieron una copa en la barra. Me dijo que Quique se bebió un whisky solo y que no paraba de fumar y parecía muy borracho. Y yo: pero si Quique apenas fuma. Y ella contándome que se les acercaron unas cuantas chicas para tontear, las cosas del negocio. Y yo pensando que Quique debía de estar muy, muy borracho porque casi ni se le puede tocar. Y ella me decía que Quique estaba hablando y pasándoselo bien y que luego su amigo empezó a intimar con una de las chicas y se fueron para la habitación. Y yo, claro, no me cuentes más. Y que entonces ella y otras chicas empezaron a meterle mano y a decirle que si quería ir con alguna arriba, pero que Quique se puso nervioso y que empezó a decir que no le tocaran. Pero claro, es el trabajo de las chicas y muchas no entienden, tienen que conseguir clientes y empezaron a decirle que no se pusiera nervioso, que no fuera tan cortado. Y él se echaba para atrás y ellas se le acercaban y le tocaban el pantalón y se agarraban del cuello. Le decían que era un aburrido, que se relajara y dio un paso en falso y se le cayó la copa al suelo y los cristales hicieron sangrar los tobillos de las chicas que empezaron a gritar: mira lo que has hecho, mira lo que has hecho. Es que no entienden, me decía. Pero no tienes que enfadarte con él. Y yo con la misma sonrisa que tengo ahora diciéndole que no me enfado, si yo le conozco. Pero que eso sí, le voy a prohibir que salga con Gonzalo.

Así que metí la mano por debajo de la puerta y al rato sentí su mano fría cogiéndome los dedos y se la apreté. Nos quedamos cayados no sé cuánto tiempo y luego le dije: Quique abre la puerta ya, anda. Y escuché como se movía despacio y abría el pestillo. La puerta se abrió entonces con un crujido y tuve que empujarla con la mano. Y me lo vi ahí, hecho una piltrafra, despeinado, con la corbata mal puesta y las gafas dobladas. Un regalo del cielo. Tan pálido y con la luz de neón iluminándole desde arriba. Me abrazó y me dijo: te quiero, te quiero. Y yo le dije: yo también te quiero, pero vayámonos para casa. 


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domingo, 22 de septiembre de 2013

Adolescencia.



De pronto está recorriendo una avenida de un polígono abandonado. Aún le queda mucho camino por delante, muchas oficinas, muchas naves industriales, muchos locales cerrados y aparcamientos vacíos.  No se ve el final. Un semáforo, otro semáforo, un semáforo más. Las rodillas se resienten. El asfalto se convierte en campo. Se descompone el cemento, pero muy lentamente -es una tarea que requiere décadas-. La vegetación crece exuberante desde debajo de las baldosas rotas. Parece que camina por una zona industrial un día de la semana, a una hora en la que no hay absolutamente nadie, con todo lo que eso significa: esa zona industrial le pertenece y puede hacer en ella lo que quiera. Como si estuviese en su casa, igual que al cerrar la puerta de una habitación de hotel. Piensa en correr desnudo. Podría hacerlo. En esa zona industrial, a esa hora del día, es una persona independiente y libre y todo le pertenece y no le pertenece al mismo tiempo. Las construcciones y el mobiliario urbano están casi en ruinas, pero no importa: el entorno es hermoso como un templo griego y sobre todo, tranquilo y acogedor. Predomina el color azul y el gris y se mezclan de una manera muy agradable con el blanco y el amarillo. No hace demasiado calor ni demasiado frío. La posición del sol con respecto a ese lado de la tierra refleja un eterno tránsito que cuando uno se acostumbra a él, resulta incluso agradable. Quisiera sentarse en el suelo a disfrutar del calor mientras retuerce con sus manos unas hojas secas de vegetación salvaje. Pero no puede hacerlo. Algo le empuja a seguir adelante y la sensación es como la de un videojuego en el que la pantalla va avanzando. Tienes que pasar a la siguiente fase. Tienes que pasar a la siguiente fase. Lo ve desde lejos y empieza preocuparse en serio. Es una figura extraña y amenazadora y todavía no se cree que pueda ser cierto lo que ven sus ojos.

Le cruje la espalda y su cuerpo se relaja. Se levanta de la cama preocupado y mete rápido los pies en las zapatillas. Todavía está oscuro. Entonces recuerda: ha quedado con una compañera de clase para hacer un trabajo de Economía Política. Es cansado tener ocupaciones: preferiría quedarse en la cama como todos los días. Aún está en pijama cuando se da cuenta de qué la cosa es mucho más grave de lo que pensaba: cómo ha podido olvidarlo. Hace años que comenzó a trabajar y no terminó el último curso de la universidad. Si no aprueba las asignaturas que le quedan, ninguno de sus logros significará nada. Está muy preocupado porque no tiene los temarios, la bibliografía, desconoce las fechas de los exámenes. Nada. Está perdido. Será mejor que le pregunte a su compañera a riesgo de parecer un poco pesado y de que piense que es una persona muy dependiente que no sabe valerse por sí misma. Definitivamente, no puede hacer otra cosa. La situación es más embarazosa de lo que parecía a priori, porque la profesora de Economía Política es, para más inri, la jefa de su compañera y él ha trabajado para ella en alguna ocasión y las cosas no fueron bien. Digamos que hubo algunos malentendidos, algunas incomprensiones mutuas. Pequeños roces que aunque se solucionaron permanecen clavados como astillitas que le avergüenzan, porque ella tiene más poder que él para conseguir que prevalezca su versión de los hechos. Así que imaginad qué asunto más delicado se trae entre manos.  

Su amiga vive cerca de casa, así que sale a la calle deprisa. Un dolor agudo y grave en los gemelos le impide avanzar. Hace mucho calor. Tiene la garganta seca. Necesita beber algo rápido porque empieza a sentirse mareado y ya se imagina arrastrándose por la calle, dando tumbos para llegar a su cama. Se está quedando dormido. Se le cierran los ojos y comienza a soñar mientras camina. Necesita dormir. Le duele el cuello y la oreja. Es una situación que conoce bien: es muy importante beber un zumo frio o un refresco o algo dulce, pero no agua. Entre su casa y la casa de su compañera hay un bar. Conoce a los dueños, aunque hace tiempo que no habla con ellos y que dejó de saludarles. No es el mejor bar para esa hora del día. En la puerta se para hablar con algunos conocidos, todos parecen extraordinariamente seguros de sí mismos y bromean entre ellos con un lenguaje cifrado que solamente entienden los que forman parte del grupo. Son inaccesibles, le hacen sentirse mal. Dentro, alguien con pinta de “pardillo” está subido a una tarima y parece que es el centro de atención. Todo el mundo le ríe las bromas. El tipo le escupe un papel que estaba masticando y lo siente como un desprecio porque otra gente que no le conoce se ríe de él. No puede hacer nada porque está mucho más alto y su sonrisa indica que si le recrimina algo se enfadará y comenzará una pelea y quizás le tire un objeto más grande, una piedra o un tornillo, o peor, un vaso de cristal o una botella. No entiende cómo alguien tan poco fiable y con tan mal comportamiento puede ser el centro de atención en este entorno y que todo el mundo le ría las gracias, cuando está visto que no tiene gracia.

Se acerca a la barra. Conoce al camarero  que siempre le ha tratado bien. Está muy ocupado y parece que no le quiera atender, pero se acerca y le pregunta que qué quiere. Una cocacola. El camarero aprieta las cejas, apoya el hombro en la barra y comienza a hablar como un profesional, no como un amigo. Parece que esté probando con él algo que ha aprendido de otras personas. Una impostura, un tono de voz, una manera de decir las cosas como si fuera la verdad y no hubiera nada más que decir. Un tono de voz con el que le convencieron a él y que ahora intenta repetir con gente a la que considera inferior y manipulable. Le explica: mira, tú que eres inteligente seguro que lo sabrás apreciar. Se ríe: no me cameles. No hay ningún camelo aquí. El camarero se pone serio: a ver si me entiendes, no tengo ninguna necesidad de camelarte. La oferta es sencilla: con un euro te llevas una cocacola, pero por dos euros te llevas cuatro. Cuatro cocacolas. Te sale cada cocacola a mitad de precio. ¿Lo has entendido? Te lo vuelvo a repetir porque esto es muy importante: con un euro te llevas una cocacola, pero por dos euros, te llevas cuatro. No hombre, déjame, dame una cocacola. ¿Pero me has escuchado bien? Si… cuatro cocacolas es mucho más de lo que quiero. ¿Pero qué coño importa eso? ¡Cuatro cocacolas, joder, por dos euros! Si no te las llevas es que eres tonto o algo parecido. Empieza a pensar si sería buena idea. ¿Quizás su compañera quiera una cocacola? Seguramente quede bien si lleva unos refrescos para tomar algo mientras trabajan. Con suerte se lo agradecerán y piensen que es una persona atenta y detallista. Aunque tampoco quiere pecar de demasiada iniciativa y fastidiarla. Dice: espérate un segundo, voy a consultarlo. El camarero mira para otro lado como diciendo “yo he hecho todo lo posible, si eres tonto y quieres perder el tiempo consultando algo tan evidente, allá tú, yo no quiero saber nada”. Al salir del bar le vuelven a interrumpir los de la puerta con sus bromas, que no entiende. Pero ahora no puede malgastar su tiempo con ellos. Empieza a sentir que llega tarde. No va a quedarse con esa gente maleducada que solo saben decir tonterías.

Por fin llega a casa de su compañera y la puerta de abajo está abierta. Si quiere podría subir. Aún así, prefiere llamar al telefonillo para no tomarse demasiadas confianzas. Es mejor  hacer las cosas poco a poco. La puerta es estrecha. Para entrar, debe pasar de lado y aguantar la respiración. No es cómodo. Tardan mucho rato en contestar y se ve obligado a llamar otra vez y dejar pulsado el botón durante el tiempo suficiente para resultar molesto. En realidad no quiere hacerlo, no le gustaría parecer impaciente ni ansioso. Escucha como se cierra de golpe una ventana.  Al cabo de un rato, por fin contestan. Está enfadada. ¿Qué estás haciendo? Vengo a preguntarte si quieres que te suba unas cocacolas. Son muy baratas, vamos, una ganga, serías estúpida si dices que no, además te invito yo. La voz de la mujer permanece en silencio durante un rato. Luego se la escucha hablando lento, muy bajito, con cierto tono de tristeza. Le llama por su nombre. Has llegado tarde, dice. ¿Crees que nos va a dar tiempo de hacer todo el trabajo? Yo he hecho mi parte, ¿has hecho tú lo tuyo? No, contesta él, pensaba que lo haríamos ahora. Ya no queda tiempo, dice, y le vuelve a llamar por su nombre. Solo me he retrasado veinte minutos. ¿Veinte minutos? Vuelve a decir su nombre ¿Has mirado bien el reloj? De nuevo su nombre. Es que eres lo peor. No se te puede confiar nada. Qué horror. Siempre lo mismo. Qué horror, de verdad…. ¿Quieres que suba? Empieza a sentirse muy molesto y ofendido. Herido en su orgullo. Piensa en el futuro, en lo que ella dirá sobre él, en cómo manipulará la historia para poner la situación a su favor. Repite de nuevo: ¿Quieres que suba? Y la voz tarda un rato en responder: no, no quiero que subas. ¿No? Pues después no vayas diciendo que yo no he querido hacer el trabajo, no digas eso, porque yo he venido a trabajar y eres tú quien no ha querido, ¿entiendes? Ella pronuncia su nombre con puntos suspensivos al final. Ahora grita demasiado alto, demasiado fuerte, casi con lágrimas en los ojos: ¡ojalá que nunca me hubiera tocado hacer este trabajo contigo! ¡Adiós!

Al pasar por el bar, las hienas de la puerta le dicen desde lejos: ¡Tu problema ha sido hablar! ¡Tu problema ha sido hablar! ¿Nos escuchas? ¡TU-PRO-BLE-MA-HA-SI-DI-DO-HA-BLAR!

Regresa a casa. A su piso de estudiante. Desde fuera ya se ve que está vacío. Algo en las paredes, en la forma en la que las enredaderas se apoyan sobre el ladrillo. Coge el mango de la puerta, mira hacia arriba y ve la pared del edificio y el cielo. No están sus compañeros de piso. Recorre el apartamento y es raro, porque en otras circunstancias se sentiría a gusto estando solo, como si fuera su casa, su propiedad, su independencia. Pero en cambio, algo no va a bien. Se huele la tragedia en el ambiente, se percibe cierta vidriosidad como una niebla que anuncia que algo ha pasado o bien va a pasar. Recoge la cocina y el salón. Recuerda que aún le faltan algunas asignaturas para terminar la carrera y que si no las aprueba, nada de esto seguirá existiendo. Debería ser fácil con todos los conocimientos recopilados a lo largo de su vida y el resumen de sus experiencias vitales, pero resulta que no sabe ni por donde empezar. Estamos en julio y seguramente ya han terminado los exámenes, lo más seguro es que se me hayan pasado las fechas y ya no merece la pena intentarlo. Ni siquiera voy a mirar el horario por si acaso. No puedo examinarme ya y tengo que asumirlo. Lo mejor será esperarme hasta septiembre, pero aunque para entonces hay tiempo, no voy a poder hacerlo solo. Le tendré que pedir ayuda a Leonor. Justo a Leonor, la última persona a quien querría pedirle ayuda. No voy a ser capaz de aprobar. El nivel cada año es más alto. No merezco terminar la carrera y por lo tanto no merezco nada de lo tengo. Todas mis propiedades deberían de empezar a desaparecer. Primero el móvil, luego la ropa, pero dejadme algo de abrigo. Y después, lo mejor será que alguien me diga a donde tengo que ir y qué tengo que hacer. La verdad es que hay muchos asuntos que debería resolver. Tengo que pedirle los apuntes a Leonor y empezar a estudiar de nuevo. No he ido a clase en mucho tiempo. A ver qué cara me pone la profesora cuando me vea. ¿Seguiremos estando en la misma aula?

Entra en el cuarto de baño a lavarse la cara sin encender la luz. Detrás de las cortinas de la ducha aparece un hombre vestido de negro con un pasamontañas sin boquetes para los ojos ni la boca. Lo que sí que lleva es una barra de acero en la mano. Este fantasma permanece inmóvil, pero su presencia es amenazante y terrible. Lo primero que hace es abalanzarse hacía la  terrorífica figura y comienza a golpearle en la cara con furia, para hacerle todo el daño posible y después, le tira al suelo de la bañera. Le quita el pasamontañas y ve que es su compañero de piso, que medio riéndose le dice: no esperaba esta reacción, pensaba que te asustarías. Estaba aterrorizado, creía que eras otra persona.   

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡No me lo puedo creer! ¡Qué guapa estás, Cristina! No me digas, no me digas. ¡Que estoy como una foca! lo que no sé es lo que haces tú para estar siempre tan perfecta. Estas divina total. Estrella abraza a Cristina de nuevo y grita cogiéndole las manos con sus dos manos, casi sin esfuerzo, como colgándose de ella. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡Estas embarazada! Cristina se acaricia la barriga. Claudia viene de camino si… pero dime ¿qué es de tu vida? no sé nada de ti desde hace tres meses. Me dijo Elena que te fuiste repentinamente a Valencia con el chico este que conociste. Héctor. Sí, Héctor, que a mí nunca me gustó, y me dijo que empezaste a trabajar en esa agencia, pero que luego las cosas no eran como tú creías o como te habían dicho. Estrella baja la cabeza. Fue una mala idea. Me volví loca, Cristina, no sé que me pasó, perdí el norte totalmente, estaba ciega, era como si alguien me manejase. ¿Pero qué ocurrió entonces con ese chico, con Héctor? Pues ahí se quedó en Valencia y por mí, que se quede por mucho tiempo. Es un desgraciado. Si yo se lo dije a Elena: a Estrella le ha entrado un enamoramiento y no ve la realidad y como es una loca... Ahora Cristina abraza maternalmente a Estrella, ponen cara de ardillas las dos y se acercan las mejillas una contra la otra. ¡Pero estás gordísima, Cristina! Cuando me fui ya llevabas dos meses embarazada, ¿cómo no me dijiste nada? Pues quería esperar un tiempo y hacer una fiesta con las chicas y anunciároslo a todas juntas, pero como eres una loca y te fuiste así, sin avisar a nadie… te intenté llamar muchas veces y ni por Internet ni nada… y no te iba a mandar un correo electrónico para decirte algo tan importante como que dentro de unos mesecitos ibas a conocer a Claudia. Estrella sonríe y le acaricia la mano a Cristina. ¿Pero dónde te has metido estos tres meses, loquita? Eso quisiera saber yo, de verdad. Cris, no sé dónde he estado. Me siento super… rara… No termino de comprender esto que me ha pasado. Algo se apoderó de mí. No era yo. Una fuerza invisible me cogía y me lanzaba de un lado a otro sin que pudiera controlarlo. Cristina dobla un poco el cuello como un roedor. ¡Ais, mi cabecita loca! Cristina abraza de nuevo a Estrella y le besa el pelo. Pero ya estás aquí de nuevo, loquita, y desde ahora vas a pensar en ti y a saber lo que más te conviene. Sí, la verdad es que llegué hace dos semanas y me está costando rencontrarme con la gente. Algo dentro de mí ha cambiado, sabes, y cuando veo el modo en el que algunas personas, que se creen que me conocen, me miran,  noto que lo hacen como si yo fuera la misma de antes. A veces me gusta y a veces no. A veces esa mirada antigua me reconforta, como cuando me miras tú, Cristina, pero la mayoría de las veces es como si mirasen a otra que no soy yo. Estrella se queda callada repentinamente y cruza los brazos y en esa misma posición acerca el cuerpo al cenicero y desde arriba, con los brazos cruzados, deja caer la ceniza de su cigarro. A continuación, unos segundos en silencio. Es una locura, Cristina, y si te digo que durante estos meses de tocar el cielo y el infierno en Valencia he estado más cerca de mí que en todos mis veintinueve años. No deberías sentirte mal por nada de esto. Si dices que has cambiado… a lo mejor no has cambiado tanto, a lo mejor eres más tú ahora que antes, no sé qué decirte, mírame a mí: yo también llevo algo dentro que me ha cambiado y me ha enseñado cosas de mi misma que no esperaba. Pero a ti la gente te mira como si fueras una persona diferente o como si te hubiera ocurrido algo demasiado grande. Si, Estrella, es cierto, todos me miran de una manera rara como si me hubiera salido un cuerno en la frente.

Por cierto, sabes, he estado hablando mucho con Carlos estos meses… ¡Carlitos, ese chico! Ese es igual que tú, ¿dónde se esconde también? Le dije que estabas embarazada y se alegró, dijo que tenía ganas de volver y de que saliéramos todos, y que a ver si organizábamos algo. Es tanto lío… Claro, aquí todo el mundo quiere que organicemos cosas pero nadie quiere organizarlas, es más cómodo que lo haga yo. Pero estoy embarazada y no puedo pensar en eso. Bueno, déjale, ya sabes cómo es. El caso es que me escribió por el fXXXXXXX, preguntándome que qué tal todo, así, lo típico, no tenía ni idea de que yo estaba en Valencia, y la verdad, había olvidado lo divertido y lo raro que es. Es extraño, pero me he sentido bien hablando con él estos meses. No le conté nada de lo que estaba pasando, ni de Héctor, ni nada, simplemente conversábamos. Todo el tiempo escribiendo tonterías y hablando de cine raro y de series y de comics, como si la vida fuera eso, o como si todo el mundo tuviera que conocer esas películas. Igual que Fernando, cuando se ponían a hablar los dos…. Me hacía gracia, casi nunca podía seguirle el hilo de la conversación, pero de alguna forma me tranquilizaba. Le he cogido cariño a Carlos estos meses. Vive en su mundo. No me preguntaba casi nada. Tardé como un mes y medio en decirle que estaba en Valencia. Me dijo un día que venía de incognito un fin de semana y que si me apetecía quedar y “tomar algo”, y yo muerta de risa. Le dije: por mi encantada, el problema es que estoy viviendo en Valencia.

¿Y qué está haciendo? Pues nada, busca trabajo. Como todos. Si, como yo también. Qué difícil es. No puede venir porque apenas tiene dinero y dice que sus padres le tratan como si tuviera quince años y que él mismo se siente como si tuviera quince años, pero se le cae el pelo y le salen canas. Risas. Es que el también está medio loco como tú. Pero Cristina, eso no tiene nada que ver… ¿no te parece peligroso que de repente el sistema te impida seguir creciendo? Hemos hecho todo lo que nos pedían. Pero eso da igual, ya sabemos que todo es una mierda, no es ese el problema. Es que, hablamos de algo… que… no sé… es raro. Es que esta situación de paréntesis, en la que parece que los días no son vida, joder que llega uno a acostumbrarse incluso. Casi me da miedo plantarme en una oficina a trabajar, llevamos tanto tiempo así, viviendo el verano de 1999 en el otoño, invierno, primavera, verano de 2012…  Es que vamos dando pasos hacia atrás. Díselo a Fernando, vamos a ser padres y no encuentra trabajo desde hace tres años. Algunos días se desmorona, suerte que yo decidí trabajar con mi padre después de año y medio sin encontrar nada. Pero Cristina, ¿Qué hacemos si nuestros padres no tienen algún sitio donde meternos? Suena un teléfono móvil. Cristina lo coge, dice: Rosa, dónde estás, ven para acá en seguida. Ya estás aquí, no te veo. Nosotras estamos en la terraza del Amador. Hace el gesto de levantarse pero Estrella le coge del brazo y se levanta ella y comienza a saludar teatralmente como una azafata de vuelos haciendo grandes aspavientos con los brazos. Aparece Rosa en escena. Se saludan gritando, se besan, se abrazan y ponen cara de ardillas.

            La almohada es demasiado cómoda y las mantas le reconfortan lo suficiente como para que sea muy difícil salir de la cama. El sol entra por la ventana y se escuchan los ruidos del día que comienza y de la vida que continúa. Pero tiene demasiado sueño. Le duele el cuerpo de estar tanto rato en la misma posición durante toda la noche. Estira las piernas y siente cierto alivio y mucho frio repentino. Le llega como un cosquilleo que en el fondo es placentero, porque enseguida encoge otra vez las piernas y se recoloca las mantas sobre sus hombros, tapándole lo suficiente de la cara como para dejarle respirar con normalidad. Abre los ojos bruscamente, da un brinco y se incorpora. Está en calzoncillos y de repente todo el frio que hace un rato le inmovilizaba, no tiene tanta importancia. Aún así, enciende la estufa y busca unos pantalones. Tiene mucha prisa, porque se ha dado cuenta de que llega tarde a clase. Echa un vistazo por todo el cuarto, se agacha y saca de debajo de la cama unos calcetines. Se pone un pantalón de chándal viejo con el que nunca sale a la calle y se dice: ¿no hubiera sido mejor ponerme directamente el pantalón con el que voy a ir al colegio? Así no perdería tanto tiempo vistiéndome. Pero no importa, me he puesto el chándal para no pasar frio, mientras escojo la ropa que me voy a poner. Inmediatamente se quita el pantalón de chándal y se pone un chino azul que le está algo ancho, coge una camiseta blanca con un dibujo y se dirige al cuarto de baño. A mitad de camino nota que va descalzo y regresa a su habitación a por las zapatillas. Se peina, bebe un poco de leche y sale a la calle. Al bajar las escaleras se da cuenta de que no se ha puesto los zapatos, todavía lleva las zapatillas. Abre la puerta con tanta prisa que le cuesta meter la llave. Aparece la cara de su padre que le pregunta: ¿qué haces? Y él dice: estoy intentando ir a clase, papá, ¿es que no lo ves? Si no me juzgaras antes de que empiece a hacer nada, podrían ir mejor las cosas entre nosotros. Su padre desaparece, pero él sigue recriminándole algunas cuestiones pendientes como una retahíla. Se está poniendo los zapatos, está muy enfadado, habla solo, empieza a sentirse furioso, y cuando ha terminado de atarse los cordones se acerca al espejo del cuarto de baño para ver cómo la queda la ropa y darse los últimos retoques. Esos pantalones no le van demasiado, le hacen un poco ridículo y prefiere ponerse unos vaqueros y una camisa de cuadros. Como siempre. Se quita los pantalones y se le quedan enganchados a los tobillos, le cuesta más de lo habitual porque se ha olvidado quitarse los zapatos primero. Está sentado en la cama  con los pantalones atascados en los tobillos pensando que no sabe qué ropa ponerse y que ya no hay remedio: va a llegar tarde.

El sol es intenso a las diez de la mañana. Sopla una suave brisa. Ya es verano. Los exámenes finales. Sus compañeros de clase se agrupan en un corcho en el que parecen que han puesto unas listas con información vital y relevante. Cuando le ven, le dicen: has llegado tarde. Has llegado tarde. El no hace caso. Solo les pregunta qué asignatura tenemos ahora y le dicen riéndose: ¿no lo sabes? Claro que lo sé, solamente quiero confirmarlo. Supongo que tenemos Filosofía y Literatura. Y sus compañeros empiezan a reírse a carcajadas. No te enteras de nada. Tenemos Lengua y después, Matemáticas. Se queda callado y al rato dice: ya lo sé. Pero en realidad no se acordaba, no se ha traído los libros y no tiene ni idea de por qué tema van. Hace mucho tiempo que no va al colegio. Se da cuenta de que ha perdido el tiempo: debería de haber hecho las cosas bien desde el principio y así no tendría ahora tantos problemas.

Está sentado en el pupitre. Mira para todos los lados y se dice: ¿pero qué hace ahí Leonor? Leonor. Casi tumbada sobre el pupitre con el pecho apoyado sobre sus brazo y la cabeza ladeada. Habla con Yadó que le acaricia el brazo con un bolígrafo. No puede dejar de mirarla. No puede dejar de mirar su brazo. Todo lo que dice la profesora son explicaciones sin sentido en un idioma que no comprende y que poco a poco se va aclarando hasta que por fin escucha su nombre. No una, sino dos, tres, cuatro, cinco veces. La profesora le pregunta algo sobre un ejercicio en concreto, pero no puede dejar de mirar cómo Yadó acaricia el brazo de Leonor.  Le dice: es que no tengo el libro, lo he perdido. La clase entera comienza a reír y él mira directamente a Leonor, que también le mira a él mientras se ríe. No sé para qué vienes, le recrimina la profesora delante de todo el mundo. No te sirve de nada venir a clase ya, para lo que vas a hacer, mejor quédate en la cama. Luego suena el timbre y salen todos corriendo a una barraca que está enfrente del colegio. Tienen que cruzar una gran avenida y van todos en manada, en grupos. Pero él no sabe muy bien a quién unirse y se siente algo incómodo justo antes de que el amigo de Yadó, el gordo, se ponga a su lado y comience a hablar con él. Ven, tenemos que ir deprisa. No nos pueden ver. Yadó está muy enfadado. Ya han terminado los veinte minutos del recreo. La calle está vacía otra vez. Cada vez que da un paso, el colegio parece alejarse y envejecer unos años. El amigo de Yadó le dice: tengo que irme. Nos ha visto. No puedo hacer nada por ti. Luego desaparece. Cuando llega a la puerta del colegio se encuentra a Yadó, quieto como una farola, pero amenazante y terrible. Lejos, sentado en unas escaleras está Chindi llorando.  Entre Chindi y Yadó hay manchas de sangre. A unos metros de Yadó hay un perro muerto. Cuando se da cuenta grita: ¡Serás hijo de puta! Y corren el uno hacía el otro.    

¿Pero entonces has empezado a trabajar en la radio? No exactamente. Me han llamado y me han ofrecido trabajar como colaboradora. Bueno, es lo mismo ¿no? Trabajas en lo que te gusta y te pagan. No. Sí, pero no. Es para trabajar días esporádicos en los que necesiten gente y me llamarían de un día para otro. Es complicado. Con lo que me van a pagar no puedo permitirme dejar el trabajo en el supermercado y allí mi horario es de mañana o tarde, osea, que es difícil compaginar las dos cosas. Pero Rosa, trabajar en la radio es lo que siempre has querido, quizás deberías dejar el supermercado. No. En la radio en cuanto no te necesitan te largan. Pero es una apuesta, Rosa, hay que arriesgarse a veces. No, Estrella, no es tiempo de jugar ni de hacer apuestas. Estrella desvía la mirada. Tienes razón Rosa. Cristina asiente. Yo ya no sé qué hacer. Trabajar en lo que podamos. Era más sencillo antes, ¿verdad? Cuando vivíamos juntas y nuestra única preocupación era aprobar exámenes para que nos siguieran dando la beca. Era mucho más fácil todo cuando los profesores nos decían qué teníamos qué hacer y nos marcaban los objetivos.  Las tres se quedan calladas un rato. Pero qué buenos años vivimos, siempre los recuerdo cómo los mejores de nuestra vida, éramos jóvenes, guapas, teníamos dinero, vivíamos solas, íbamos a todas las fiestas… Cristina y Flor se miran. Cristina se acaricia la barriga. Sí, qué buenos tiempos, pero yo ahora no me cambiaba por nadie. Sí, ni yo.

 Parece que la avenida industrial se acaba. Se nota en que cada vez hay menos edificios y menos naves y almacenes y más llanura urbana y más carretera. Más espacio entre hitos arquitectónicos. Más vegetación salvaje. Pero sobre todo, mucho más asfalto. Sigue avanzando porque no puede hacer otra cosa. Porque le obligan a avanzar, pero su seguridad en sí mismo ha mermado mucho desde que sabe que no está solo. Desde que vio a lo lejos a esa criatura hierática que le espera y con la que va a tener que cruzarse de un momento a otro y que le da pánico. Y mira que el ambiente es agradable pero tanta tensión le congela la sangre. Empieza a andar más despacio. Va vestido como un jugador de futbol americano y le está esperando preparado. Protege la  pelota en el pecho con su brazo. Empieza a correr. Despacio. Después deprisa. Como si tardara en arrancar. El hace lo mismo.   

  Solo le da tiempo de pensar una cosa: si muestro un gramo de inseguridad se agarrará a él y me matará. No hay posibilidad de huir. Tengo que enfrentarme con ese jugador de futbol americano. Aunque es más fuerte que yo y nunca me he pelado en mi vida, tengo que sacar fuerzas de donde no existen. Se lo dice en menos de un segundo. En una imagen que significa todo eso sin necesidad de decirlo, porque la criatura está cada vez más cerca, y más cerca y más cerca y el impacto es inminente y consigue verle los ojos debajo del casco de rugby, encima de sus ojeras pintadas de negro. Su rabia es mucho más grande que la de su contrincante. Cuando chocan, el jugador de futbol americano retrocede y él avanza unos pasos. Está venciendo. Le coge del cuello y le empuja contra una pared: ¡Eres un pedazo de hijo de puta! ¡Un pedazo de cabrón! ¡Qué estás haciendo! ¡Por qué le haces daño a todo el mundo! ¡Cabronazo! ¡Hijo de puta! Y le golpea la cabeza contra la pared.

Antes de caer al suelo, desmayado, la cara de Yadó muestra una expresión terriblemente triste. Ahora le coge por los pies y se lo lleva arrastrando hasta un edificio con una escalera y chimeneas y muchos niveles diferentes y atrezo. La espalda de Yadó se arrastra por el suelo y su cabeza empieza a golpear como un martillo los peldaños de una escalera. Tiene cierta prisa, cierta inquietud por si Yadó se despierta enfurecido y decide pegarle por lo que le ha hecho, porque ahora sabe que Yadó querrá vengarse cuando despierte. Pero una vez en el tejado, dominando ese paisaje industrial, oxidado y solitario, se siente a gusto. Hay una especie de paz cómoda. Sopla una suave brisa. Se encarama a un saliente, a un desnivel, desde donde, con un mínimo esfuerzo, puede subirse a una especie de grúa o de andamio y empieza a jugar como lo hacía en el parque, cuando su madre le llevaba por la tarde y el sol bajaba lo suficiente como para que los edificios de los alrededores ocultaran entre las sombras el parque. Él no jugaba con los demás. Se alejaba, se escondía, escalaba y cuando encontraba un lugar tranquilo, se encaramaba como lo haría una gaviota sobre una farola.

Está en una sala de espera con hileras de asientos rojos, como si fueran butacas, pero no es un teatro: es una sala de espera. Ocurre algo que no recuerda. A veces se abre una puerta y van llamando a la gente. Entonces se levanta una chica. Alguien a quién conoce desde niño, aunque nunca han tenido confianza ni han sido amigos. No es atractiva, es remilgada y muy estricta. Es casi una maniática. Se llama María Luisa. Su masa cerebral está formada por señales de tráfico y flechas inamovibles. No se cuestiona nada y pensaba que todo el mundo era inferior a ella. Se levanta indignada, no con él sino con quién dirige la sala de espera. Parece que se siente mal, que ha sufrido. Antes de marcharse, le mira y le hace un gesto con las manos y con la cara para que entienda. Le está intentando comunicar algo disimuladamente sin que se den cuenta los demás. Algo muy importante y no tiene tiempo de repetirlo dos veces. Dice algo como “recuerda lo de…”, pero con gestos. No consigue entenderla. Al final desaparece y toda esta situación no dura más de unos segundos.  

Le duele la oreja. Alguien golpea la ventana con fuerza. Un golpe seco, pero no puede ser porque vive en un tercero. El silencio es más tenso que el golpe. Si hubiera seguido sonando se habría acostumbrado y no pasaba nada. Pero ha sonado un solo golpe seco y violento. Abre los ojos, pero no puede moverse. Está paralizado y su cara mira hacía la pared. Solamente percibe presencias por toda la habitación y sabe que alguien le está tocando la espalda, pero no siente nada. Está atrapado. Se esfuerza por liberarse y cuando lo consigue, va hacia la ventana muy torpe como un elefante. Al levantar los visillos ve al otro lado del cristal la cara de un hombre con la expresión torcida y los ojos demasiado abiertos. Sus padres entran en la habitación vestidos con el pijama y un albornoz. Le dicen: ¿qué ha pasado, por qué has gritado? Y él rompe a llorar y chilla de rabia: ¡Por qué habéis venido, por qué entráis en mi habitación! ¡Nadie os ha llamado!

Es como una patata gigante, pero al tocarlo es blando y agradable. Solo con verlo sabe uno que es un trozo de bondad simple y sencilla. Parece una criatura indefensa y débil. Da pena verlo sonreír porque que uno se da cuenta de que nunca podrá valerse por sí mismo, pero a la vez inspira todo el amor del mundo. Huele muy bien. Se le abraza al cuello y sus movimientos son dulces y lentos, como deben ser los abrazos de un koala. La criatura informe se queda dormida, y se despierta lentamente al menor descuido, una y otra vez. La tiene cogida en peso y la aúpa con los brazos hacia arriba, y lo baja y se ríe y acerca su nariz a su piel y le da un beso de esquimal y lo sube de nuevo y lo baja otra vez. Es una escena irreal y excesiva. Aquel ser vivo del color de la lava ardiendo y de textura como de una yema de huevo azucarada, se le acerca al rostro y le besa la mejilla con un eterno escalofrío.

Es verano. Desde la terraza, con la cortina abierta, se adivina el mar. El reflejo del sol sobre el horizonte es tan intenso que ciega y apenas se percibe lo que hay a su alrededor. Aunque está lejos, la playa, la arena, el verano es tan intenso que desde su habitación se escucha el zumbido de las olas, las conversaciones y las risas de los juegos de los bañistas. Los gemidos de las gaviotas, como alejándose, como señalando algo que se está perdiendo. Entonces, se escucha el ruido de unas llaves desde detrás de una puerta. Unos momentos de silencio y expectación. Una tensión demasiado grave para ser cierta. Él y la masa informe anaranjada miran preocupados la puerta, que de repente parece que se ha quedado muda. Después de un crujido, se abre con energía. ¡Mira, ahí está mami! ¡Dile hola a mami!. ¡Mami, mami!. ¡Mira a mami! ¡Dile hola!. ¡Mami, mami! Parece muy feliz señalando a la mujer que acaba de entrar en casa y que se ha quedado paralizada como una estatua. Lleva unas botas de cuero marrones, muy elegantes. Lleva un pantalón de cuadros ajustado, muy elegante. Un collar de perlas. Lleva una camisa blanca remangada y abierta por el escote que le sienta especialmente bien. Es muy guapa. Es muy atractiva. Es hermosa y diligente. Lleva el pelo largo y corto y suelto y recogido al mismo tiempo. Es la ambigüedad hecha peinado. Es castaña y su piel está muy bronceada. Sus mejillas son carnosas y blanditas y dan ganas de tocarlas y besarlas. Pero no sonríe, porque al mirarla a la cara uno descubre que no tiene rostro. Solo carne redonda y gozosa. Permanece quieta. Totalmente quieta viendo como el padre de su hijo, de la criatura informe pero dulce como un mazapán, mantiene en sus brazos un precioso y gordo bebé y sonríe, sonríe, sonríe como un autentico inconsciente. 



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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Objeto enterrado en la playa

Les miraba jugar en el agua y sus risas y chillidos llegaban hasta él, ocultos entre el ruido de la marea y las olas, inconstantes como un objeto que el mar acerca hasta la orilla: en pequeñas oleadas cada vez más débiles, imposible de predecir su trayectoria hasta que al final, por el peso del propio objeto y la debilidad de la marea, se posa definitivamente en la arena a esperar que alguien lo recoja o que una ola más fuerte lo devuelva de nuevo al mar.  
Nada más salir del agua corría para tumbarse en la arena blanca y caliente. Desde allí podía ver a su madre, de espaldas, entre él y la orilla, tomando el sol mientras leía un libro con un sombrero de paja. Miraba a toda la gente de su alrededor. Miraba el espigón y las gaviotas y los barcos que se alejaban y se acercaban por el horizonte. Las conversaciones llegaban hasta él incomprensibles y fragmentadas. Escuchaba al hombre que vendía los refrescos y perseguía las gaviotas y a la gente que montaba en las barcas a pedales y que también se alejaban y luego se acercaban. Entonces, perdía de vista a su primo Raúl y a su hermano Caco. Dejaba de escuchar sus voces y se daba cuenta de que se acercaban, escondiéndose sigilosamente entre la gente, con una sonrisa maliciosa en la boca. Ricardo se levantaba corriendo y se iba más lejos. Volvía a tumbarse y les miraba preocupado. Si continuaban acercándose se incorporaba de un salto, para huir de ellos, llamando a su madre, pero en seguida su hermano y su primo comenzaban a correr hacia él, conseguían atraparle y le llevaban a la fuerza al agua. Pero qué te pasa ¿No quieres jugar con nosotros?. Contigo no. Que me dejes. Que me dejes. Que me dejes.

Grande, fría, polvorienta, con zonas tenebrosamente oscuras y estancias sorprendentemente luminosas. Mi infancia fue terriblemente feliz. El día de Navidad íbamos toda la familia a casa de mi abuela. Nos recuerdo persiguiendo cucarachas por la casa de mi abuela. Salían en invierno y yo miraba, paralizado, cómo movían las antenas. Pero solamente si se  estaban quietas. En el momento en el que se acercaban a mí, o empezaban a andar, salía corriendo histérico. Muchas veces no podía dormir pesado en lo asqueroso que sería pisar una con los pies descalzos o que se colara en mis zapatos y al ponérmelos, las aplastara manchándome los pies con sus repugnantes entrañas. Aún hoy me resulta imposible matar una cucaracha, pero mi abuela las aplastaba sin miramiento. Les daba con el zapato y luego las recogía con la escoba y las tiraba a la basura. Matar a esos desagradables bichos era como respirar. Mucho años después, cuando ya éramos mayores y mi abuela apenas se tenía en pie, el suelo de su casa brillaba como regado de diamantes rojizos. Eran alas de cucarachas. Mi hermano Caco también las mataba con decisión y alegría y después me lanzaba  el cuerpo del insecto sabiendo el asco y el  miedo que me daban. Solo pensar en la idea de que ese terrible ser infecto me toque, me paraliza. Y en esa casa eran muy comunes. Su único defecto.
En Navidad la casa siempre se llenaba de gente. Mientras los mayores hablaban en el salón, los niños la  recorríamos como un laberinto. Cuando nos aburríamos de ver la tele, con el mantel de la mesa sobre nuestras piernas absorbiendo el calor de la estufa, alborotábamos las habitaciones llenas de polvo en las que durmieron nuestros padres. Abríamos sin ningún temblor puertas cerradas desde hacía años, inspeccionábamos armarios que crujían y olían a viejo, desatascábamos  cajones y le dábamos una nueva vida a objetos inservibles que una vez tuvieron utilidad. Si os compran esos juguetes me lo tendréis que dar, porque yo soy el que esta haciendo esa colección, díselo a tu hermano. Recuerdo como algo divertido mirar desde abajo al cuartito que daba a la azotea y ver la puerta semicerrada al final de la escalera, invitándonos a imaginar historias absurdas en la  habitación oscura. A pesar de que nuestros padres nos tenían  prohibido acercarnos a esta escalera de noche, y mucho menos subir, mi hermano Caco decía que había visto a un indio mirándonos y que al darse cuenta de que le habíamos descubierto se había escondido. El fantasma de un indio en el cuartito. Suficiente para tenernos toda la noche pendiente de la puerta, con el pie en el primer escalón, mirándonos como para darnos fuerzas, esperando que alguno de los dos se decidiera a dar el segundo paso. Si la puerta se movía o escuchábamos un grito de nuestros padres o de nuestra abuela, salíamos corriendo, muertos de miedo y gritando. Al llegar al salón nos daba un ataque de risa. No venís más, decían. Normalmente era mi primo Raúl que se había chivado.   
En el mundo de mi infancia mi abuela no era un adulto más. De entre todos los mayores, siendo la de más edad, era ella la única que a veces entendía nuestro lenguaje y jugaba a nuestros juegos. A los demás, cuando lo intentaban, se les notaba forzados, incapaces, incluso molestos. Se sentaban todos en el salón a fumar y beber mientras discutían. Apenas se les escuchaba reír y más de una vez la conversación terminaba en gritos y peleas. Cuando cualquiera de los pequeños pasábamos por delante de ellos, se callaban repentinamente, nos llamaban y comenzaban a bromear. A veces sentíamos que se reían de nosotros. Nos preguntaban cosas que no sabíamos responder y nos callábamos, tímidos, sin saber qué decir. En esas reuniones de familia nuestros padres no eran nuestros padres. Se alienaban en el grupo de los adultos, en el grupo de los que bebían vino y se comportaban de una manera diferente. Sólo cuando nos despedíamos y regresábamos a casa en el coche, volvían a ser reconocibles. Padre y madre.
Mi abuela nos prefería a nosotros. Cuando terminábamos de cenar recogía los platos y limpiaba la cocina. Luego nos buscaba pensando que estaríamos tramando algo malo. Y si nos veía rebuscando entre las cosas viejas, nos explicaban qué fueron y quiénes las utilizaron. Esa Navidad ya no se hablaba ninguno de los dos.

Su padre alguna vez, cogiéndole de la mano, intentaba llevarlo hacia el fondo, pero él prefería jugar sólo en la orilla a que le obligaran a meterse donde no hacía pié. Se agarraba a sus piernas medio temblando y medio riendo y no había manera de que se soltara. Si le forzaban a continuar adentrándose en el mar, se ponía a llorar.
Su madre escuchaba: “voy a bañarme”. Levantaba la cabeza del libro y le veía, de espaldas y a contraluz, alejándose de ella y acercándose al horizonte. Nada más pisar el agua se detenía. Su madre le reconocía porque un familiar escalofrío recorría su columna vertebral. Se le notaba desde lejos que la marea le atemorizaba. Si el océano se contenía, el niño corría hacía el mar que se escapaba, pero cuando regresaba con más fuerza, el niño huía de nuevo hacía su madre, a veces, con verdadero pánico. Si se tropezaba y caía al suelo, las aguas, la fuerte marea que a un adulto le acaricia las rodillas, a él le arrastraba y le empujaba hasta el fondo como un ejército de espíritus del infierno agarrándole el alma para encerrarle en la oscuridad. Desde el fondo, turbio y borroso, veía la luz inalcanzable. Lo intentaba con todas sus fuerzas, moviendo brazos y piernas, pero pensaba que moriría. De pronto el mar parecía tranquilizarse y el niño se incorporaba, de nuevo, escupiendo agua, algo aturdido y mareado. Tras comprobar que no había pasado nada grave y que todo continuaba como siempre, volvía llorando a buscar a su madre.
Cuando las olas no le parecían fuertes y se sentía confiado para llegar a una zona más profunda del agua, llegaban su primo y su hermano y algo parecido al terror hacía temblar sus piernas. ¡No me hagáis nada, dejadme en paz!. ¿No recuerdas lo que hablamos antes?. Te dije que te dejaba usar mis juguetes a cambio de cinco ahogadillas –su primo siempre llevaba juguetes a la playa- y los has cogido, si se lo dices a tu madre te tendré que pegar, ha sido un pacto ¿entiendes?. A pesar de que intentaba defenderse con todo su cuerpo, no tenía bastante fuerza para hacerles daño. Al final, cuando le soltaban o conseguía escaparse, salía del agua y se tumbaba en la arena blanca. Estaros quietos, no os voy a traer más.
Un día, su hermano llegó más tarde a la playa. Cuando Ricardo se despertó ni Caco ni su padre estaban en casa. Su madre dijo: vete poniendo el bañador que nos vamos a ir a la playa. ¿Y Caco? Ha ido a al médico con tu padre. Mientras bajaba las escaleras, cargado con la toalla y la silla de su madre, buscaba a su primo desde la altura. Raúl, cuando les vio llegar, dejó de cavar en la arena y fue corriendo a su encuentro. Mira lo que me han regalado. Le enseñó unas palas de playa y una pelota rosa envuelta en una bolsa de redecillas. Y mira esto, es una red para cazar. Ven vamos a jugar. Apenas le dio tiempo de dejar sus cosas y quitarse la camiseta. Se acercaron a la orilla. El niño cogió una de las raquetas y esperó a que su primo le lanzara la pelota. Cada vez que intentaba darle, se caiga en el suelo. Bah, eres muy malo, no se puede jugar contigo. No sabes. Si estuviera tu hermano, aunque bueno, ya no creo que venga más a la playa este verano. ¿Qué dices?. ¿No te lo han dicho tus padres? Tu hermano se va a morir.

 A veces nos quedábamos a dormir en casa de mi abuela. Durante esos días todo iba bien salvo las pequeñas discusiones que pueden tener los niños libres del control paterno. Los juegos infantiles provocan una tensión progresiva que estalla en algún momento si no se sabe cortar a tiempo y cuando estalla, estalla con fuerza. Al no estar presentes nuestros padres la tensión crecía libre hacía su trágico final: una pelea entre niños. Podía comenzar con cualquier cosa, un juguete roto, el vacío legal en el reglamento de un juego, una broma mal comprendida. Saltaba la chispa y estallaba. Mi hermano y Raúl comenzaban a pegarse, o todos comenzábamos a pegarnos. Al ser yo el más pequeño siempre tenía las de perder. Era algo frustrante en cierto modo y de lo que se aprendía algo para el resto de tu vida. Luego llegaba mi abuela y Raúl gritaba señalando a mi hermano. Entonces mi abuela centraba su rabia en él. Porque era rabia lo que a veces veíamos en los adultos. Rabia indiscriminada. Rabia incomprensible que no atendía a razones ni argumentos, como si en ese momento odiaran habernos tenido, como si en ese momento tuvieran que revelarse contra la responsabilidad que supone habernos tenido. Recuerdo una vez que las paredes de la casa comenzaron a llorar agua. Se agrietaban y salía agua por todas partes. Mi abuela llamó a mis padres y les dijo que nos recogieran para llevarnos a casa, que estaba harta de nosotros, que lo único que hacíamos era incordiar. Cuando llegaron preguntando que qué había pasado, Raúl gritó: Caco ha roto las tuberías y se está inundando la casa.

Y tú también vas a morir. ¿Qué dices? Eres idiota. Pero tú hermano, como es mayor que tú, pues va a morir antes. Tenéis una enfermedad desde que nacisteis y sólo vais a vivir unos años. Es una pena porque nunca vais a ser mayores. A ver con quién vengo yo a la playa el año que viene. Eso es mentira. Claro que no, a tu hermano se lo han llevado hoy al hospital porque ya han comenzado los síntomas. Pregúntale a tu madre. En ese momento a Ricardo se le llenaron los ojos de lágrimas, cogió la pala y se la lanzó con fuerza hacía su primo haciéndole sangre en la espinilla. Raúl fue hacía él y comenzó a pegarle. Durante toda esa mañana Ricardo no quiso hablar con su primo. Se tumbó en la arena a mirar las escaleras por donde bajaban todos los días. De pronto sonrió, se levantó de prisa dando saltos y saludaba moviendo los brazos a las dos personas que bajaban. Ves. Eres idiota. No estaba en el hospital y mira lo que trae. ¿Qué es eso? ¿Qué es eso? Es una tabla de surf. ¿Cómo? Una tabla para coger olas. Te tumbas y dejas que las olas te lleven. Era una tabla barata, de corcho, aunque suficiente para acaparar la atención de los niños durante el resto del verano. Su padre dijo: hemos ido al medico y dice que está perfecto. Me han hecho respirar y soplar todo lo que pueda y me han dicho que tengo los pulmones fuertes, del tamaño de un adulto. Por eso puedo aguantar bajo el agua mucho más tiempo que vosotros. Vamos a probar la tabla.
Desde donde estaba sentada, su madre controlaba a los tres niños que corrían hacia el agua. El mediano con la tabla colgando del brazo, zambulléndose entre risas y chillidos. Podía ver, pero no escuchar, a los niños saltando como locos golpeando la superficie del mar con los puños cerrados. Zeus es el dios del mar, tenemos que insultarle para que se enfade y haga olas. Zeus, idiota, imbécil, caraculo, no te tenemos miedo.

Yo le pregunté ¿tu has hecho algo? Y el dijo, enfadado y triste,  yo qué voy a hacer.

Venga déjame probar. Espérate. Cómo tengo que ponerme. Átate la correa a la muñeca, lo agarras por la punta y esperas a que venga la ola. Cuando rompa te lanzas y te dejas llevar. La tabla de corcho se le escapó de las manos y salió disparada arrastrando a Ricardo. Venga, déjame probar a mi que Ricardo no sabe. Espérate a que termine mi hermano. Esa mañana la tabla fue la protagonista, aunque casi todo el día el niño y su primo miraron desde el agua como Caco era el único que sabía utilizarla. Esto es un royo, Ricardo, vamos a jugar a las palas que es mejor. ¿A las palas? No, prefiero ver como usa la tabla. Bueno pues vamos a enterrarte. Noooooo. El niño entró corriendo en el agua acercándose a su hermano todo lo que podía, por primera vez en su vida, sin miedo a que las olas le arrastraran. ¿No juegas con tus primos?. No, están ahí con la tabla estúpida esa, es un aburrimiento, respondió Raúl a su madre.

Esa Navidad ya no se hablaban ninguno de los dos. Al principio nadie pareció darse cuenta. Realmente no se sabe si uno de los dos cerró primero la boca o fueron ambos quienes la cerraron al mismo tiempo, en un momento preciso en el que algo que venía de tan atrás, algo que nadie conocía o recordaba y seguramente ni siquiera ellos mismos, decidió hacer acto de presencia, cuando eran todavía demasiado pequeños para comprenderlo o incluso demasiado pequeños como  para echarse atrás. Cuarenta años después y parecía que no se hubieran hablado nunca. Esa Navidad, al entrar por la puerta todo parecía igual que siempre. Sólo pasado un rato, cuando todo empezaba a normalizarse, me di cuenta, de que Caco y Raúl permanecían en los dos extremos del recibidor, cada uno ocupado en sus juguetes. No sé si a partir de ese momento se convirtieron en indiferentes o si, como los planetas, ambos giraban en el recibidor, en el comedor, en la playa, conscientes el uno de la presencia del otro y conscientes de la presencia de una fuerza gravitatoria que les impedía acercarse más, como una tensión, como un ruido cada vez más fuerte que anunciaba peligro o una catástrofe. No volvieron a pelearse, no volvió a pasar nada más entre ellos desde ese momento.
Caco me dijo: vamos a subir a la azotea. Raúl me dijo: ven, vamos al despacho del abuelo.  Y me cogió del brazo y me llevó con él. El despacho de nuestro abuelo, al que ninguno conocimos, ahora era una sala de juegos. Un lugar lleno de polvo, libros y cajones repletos de objetos para nosotros. Luego le dije que iba a buscar a Caco y salí de esa habitación. Antes, la casa era un lugar completo y cerrado, un lugar de juego para los tres. En cualquier momento, en cualquiera de las habitaciones, era el mismo lugar y el mismo juego, con la única excepción de la sala en la que estaban nuestros padres, por la que pasábamos despacio y silenciosos, como si fuera peligroso que nos vieran. Los adultos, en ese estado, siempre tenían algo que decirnos: que no molestáramos o simplemente que nos quedáramos con ellos un rato. Entonces, debías dejar cualquier cosa que tuvieras entre manos  y quedarte sentado cerca de ellos, pegado a la estufa, sin poder hablar, escuchándoles discutir sin saber lo que decían. Si se te ocurría decirles que ibas a hacer otra cosa, subir a la azotea, jugar al escondite, rebuscar entre los libros, todo parecía malo o  peligroso, en cierto modo ilegal. Desde ese año la casa  quedaba dividida en tres zonas: donde estaba Raúl, donde estaba Caco y la distancia entre ellos.
Comencé a subir las escaleras agarrándome al pasamano y haciendo grandes esfuerzos para subir cada peldaño. La última vez que pude ver esta escalera no parecía tan grande. Se calentaba bajo la luz del sol, como unas ruinas medievales, entre grietas, baldosas rotas y una vegetación descuidada. Pero ese año, mientras subía, miraba la puerta de madera vieja y astillada, el cielo y la terraza. Dentro del cuartito estaba mi hermano haciendo algo. Le recuerdo una vez, en ese mismo lugar, fabricándose una caña de pescar. Con este palo de escoba le pongo aquí esta anilla y le paso una cuerda, luego lo ato con cinta aislante y le pongo una aguja al final de la cuerda. Después, como verdaderos profesionales, lanzábamos la caña de pescar por el balcón. Como los adultos no nos dejaban poner agujas en nuestro invento, a veces  atábamos algún juguete o algún zapato como si fuese nuestra pesca. Le dije: dentro de poco hago yo la Comunión. Ya, contestó. Te darán muchos regalos, es lo mejor de la Comunión. Pero Raúl me ha dicho que cuando el cura diga que hable ahora o calle para siempre el levantará la mano y dirá que estoy en pecado mortal. Me ha dicho que si nos regalan la nave de los Gi Joe se la tenemos que dar porque él fue quién empezó esa colección. Pero me ha dicho que si no se la damos nos pegará y no me dejará hacer la Comunión. Raúl es idiota, dijo mi hermano. Pero que si no te hablo más no hará falta que se la demos. ¿Y tu que vas hacer?. No lo sé. ¡Estoy en pecado mortal!.
 Es curioso como algo que hoy día no tendría la menor importancia, en el mundo infantil se magnifica. Creo que pasé todos esos primeros años, por otra parte, los más largos de nuestra vida,  pensando que vivía en pecado mortal y que al morir me gratinaría en el infierno. Aunque sucedió muchos años después, creo que al final recibí el pan consagrado pensando que en cualquier momento vería desde el altar alzarse el dedo inquisidor de Raúl.
Esa tarde estuvimos arriba jugando solos los dos durante mucho tiempo. Cuando nos cansamos y decidimos bajar, nos dimos cuenta de que habían cerrado la puerta desde fuera.¡Estamos encerrados! Mi hermano dijo:¿Tienes ganas de mear?. Parece como que la sensación de estar confinado sin un servicio cerca aumenta las ganas. Nos fuimos a una de las esquinas llenas de moho de la azotea y comenzamos a pintarla de amarrillo amargo.

La tabla se quedó tumbada al lado de sus padres mientras Caco y el niño corrían hacia el espigón con un cubo en sus manos. ¡Vamos a buscar cangrejos!. Raúl miró la tabla indefensa y dijo: ahora voy yo. Entre las rocas y la orilla, al levantar una piedra, los cangrejos se movían despacio esperando ser arrastrados por el final de las olas o esperando que las manos gigantes de un niño lo cogieran, lo levantaran del suelo y se lo acercaran a la cara para mirarlo con curiosidad. Con un poco de suerte acabarían en el fondo del cubo sin un rasguño, pero, si los niños lo consideraban oportuno, les arrancarían las pinzas sin el menor escrúpulo. Ricardo no se atrevía a cogerlos, esperaba que su hermano los fuera metiendo en el cubo para después asomar la cabeza y ver sus movimientos. Los pequeños le provocaban cierta inseguridad, podía acercarse a ellos e incluso cogerlos con mucho cuidado, aunque si notaba las pinzas los lanzaba lejos con un grito. Los más grandes le causaban pánico y no podía ni mirarlos, al menos, no en libertad. Cuando uno de ellos surgía entre las rocas, el niño salía corriendo. Si estaba con su hermano el miedo se disimulaba entre risas, pero si alguna vez Caco se excedía en sus bromas y le acercaba alguno demasiado cerca, las risas se convertían en un chillido y en movimientos nerviosos.  Pero en el cubo no podían hacerle nada, incluso se atrevía a tocarles el caparazón. ¡Mamá, mira lo que hemos cogido! Los vamos a llevar a casa. Anda, soltarlos otra vez donde estaban. Después. Ahora vamos a hacer un castillo para que vivan allí. Le hacemos un foso y le echamos agua y luego metemos a los cangrejos en el foso. Caco miró al lado de su madre y no vio ni su tabla ni a Raúl.
Incansablemente metían las manos en la arena y como una excavadora iban construyendo una montaña. A veces echaban la arena con fuerza y a veces la dejaban caer de sus puños cerrados como unos cocineros sádicos y escatológicos. La obra comenzaba a tomar forma pero pronto las manos encontraron agua y el foso comenzaba a crecer y a descontrolarse y la montaña se derrumbaba. La empresa les quedaba grande.
El niño cambió de planes y pronto se olvidó de los cangrejos. El foso se había convertido en un agujero en el que cabía perfectamente y además, el agua en su interior no estaba fría. ¿Donde está la tabla?. El nuevo juego de hacer un agujero para meterse en su interior no parecía interesar a Caco. Se levantó, miró al lado de su madre y vio que no había nada. Siguió andando buscando a su primo.
Mientras cavaba, primero sintió algo que no había sentido nunca pero que siempre había temido. Esa sensación se mezclaba con un frío intenso. Luego escuchó la risa de su primo y se vio a los cangrejos encima. Notó sobre su cuerpo la textura fría de sus caparazones. Los notaba pero no podía quitárselos de encima. En cuestión de segundos supo que algo no iba bien. Algo en los latidos de su corazón, en la línea del horizonte que se curvaba, en el temblor incontrolable de su cuerpo. Antes de que pudiera gritar y decirle a su madre que Raúl le había tirado los cangrejos encima, su visión se convertía en destellos de luces blancas y luego, antes de que se desplomara en la arena, presa del pánico, en destellos oscuros hasta que toda la oscuridad se hizo grande.
Lejos del desmayado, Caco recorría la orilla mirando a las olas. Llegaba hasta el espigón y regresaba sin ver en el agua ni a su primo ni la tabla. La encontró en el otro lado. En el desierto. Suficientemente cerca de una de las papeleras como para ser basura, considerablemente alejada de ella como para que Ricardo pudiera decir que no la había tirado. Al verla desprotegida y sin dueño, corrió hacía la tabla como el héroe de una película al ver a su esposa muerta. Antes de levantarse y comenzar a andar deprisa, maldiciendo y apretando los puños, pensó, moviendo los labios mientras las palabras recorrían su cerebro: la ha roto, la ha roto, la ha roto.

Primero escuchamos gritar a  nuestra abuela. Luego a  nuestros padres y nuestros tíos. Sentir como abrían el pestillo para sacarnos fue casi peor que si nunca nos hubieran sacado. Era imposible explicarles que nos habían dejado encerrados a propósito, que no habíamos sido nosotros. Pero si para nuestros padres, nuestros mayores, subir a la azotea suponía un peligro, un peligro indeterminado de una naturaleza desconocida, presumiblemente por la altura, el peligro había sucedido de otro modo, y todo lo que había ocurrido apoyaba la teoría de nuestros padres. Con la razón de su lado, era ya imposible que nos creyeran. Alguien nos encerró, pero nosotros subimos y ellos nos habían advertido de que algo, cualquier cosa, podría pasar si lo hacíamos. Yo, al ser el pequeño apenas pagué la culpa de mi pecado, pero miraba como mi abuela empujaba a mi hermano diciendo: es que no vienes más y ya veremos si te damos los reyes. Al fondo Raúl se reía diciendo: se han quedado encerrados, se han quedado encerrados.